¿QUÉ SABÉIS DEL SALADILLO? Aquí lo tenéis todo (Fotos+Video)

No hay nada que se añore más de aquella Maracaibo vibrante que su barriada El Saladillo

“Te acordáis saladillero, yo sé que te lo imaginas, a mi Saladillo entero mi barriada tan genuina, tus retretas, los dulceros, las gaitas en las esquinas, hoy verlo da desespero, pues solo quedan sus ruinas”, letra de “Te Acordáis Saladillero” gaita interpretada por Cardenales del Éxito que retrata la historia viva y aún perdurable del Saladillo, la barriada más icónica y añorada de toda la entidad.

Si algún daño hizo la llamada Cuarta República al Zulia fue el proyecto de La Remodelación, impulsado por el entonces presidente Rafael Caldera que consistía en una ambiciosa infraestructura de gran modernidad y belleza que contemplaba más de tres mil "soluciones habitacionales" que nunca se levantaron, además albergaría a la ciencia y sus científicos en todo su esplendor, a través de su ente ejecutor llamado El Centro Libertador. Nada más lejos de la realidad.

Ninguna zona urbana del Zulia define con mayor precisión de su gente que El Saladillo, es el barrio típico por excelencia.

Escudriñando en el nombre

El nombre de El Saladillo se originó por su ubicación al lado de una salina cercana a la ciudad de Maracaibo. Debe recordarse, en primer lugar, que El Saladillo nació como caserío a fines del siglo XVII, cuando el piadoso capitán Juan de Andrade decidió fabricar una ermita para consagrarla al culto de San Juan de Dios, y que la muy reducida comunidad comenzó a expandirse a mediados del siglo XVIII, después de que una mujer del pueblo hizo el hallazgo de una tablita milagrosa a orillas del Lago, para que el nombre de Maracaibo quedase vinculado para siempre al de la Chiquinquirá.

Ya para 1812, año dramático para la naciente República, pero de gracia y gloria para los maracaiberos, comenzó a celebrarse la fiesta de La Chinita. La larga tradición se cierra cuando en 1942, al término de un excitante esfuerzo colectivo, se efectúa el acto grandioso de coronación y se le otorga a La Chinita su condición de símbolo religioso del pueblo.

A la estabilidad y crecimiento de El Saladillo como barrio, ocurrió otro hecho determinante, la construcción del Hospital Chiquinquirá, conocido por el pueblo marabino como "El Hospitalito". La gente pobre ya no siguió muriéndose por ausencia de servicios médicos, ni dando a la luz las parturientas debajo de una mata de cují. Los pobladores del barrio se sintieron más seguros y ya nadie pensó en emigrar en las zonas áridas del norte, ni en cruzar la laguna en busca de mejores condiciones de vida.

Al hablar de la popular barriada de El Saladillo, no solo recordamos sus pintorescas casas antiguas, con altos ventanales y puertas, zaguanes, gárgolas y sus tan conocidos techos de teja roja, sino también a los famosos nombres de los sectores y tiendas o bodegas, letras de inspiración para algunos gaiteros, entre ellos: Fuego Vivo, Las Quince Letras, Puerto Arturo, La Caramelera, Los Biombos, La Mala Ley, entre otros.

En su espacio territorial, bien pudo ser El Saladillo una ciudadela. Su distribución urbanística comprende desde la calle Ayacucho (Av. 11), por el Este y la Av. 15 Delicias por el Oeste. En el Sentido Norte-Sur, están la Calle Pacheco (92) y la Calle La Marina (100), hoy llamada Av. Libertador respectivamente. Cubrían cincuenta hectáreas, ocupadas por 15 mil habitantes en 1.900 inmuebles, distribuidos en 59 manzanas.

En cuanto a su arquitectura, se caracteriza por los colores vivos de las viejas casas, que lucían altos portones y ventanales, bahareques y sus techos de tejas rojas, con sus respectivas gárgolas. Existe una prolija lista de sitios típicos y calles con nombres muy populares. Entre ellas podemos nombrar El Callejón de la Gaveta, Puerto Arturo, La Caramelera, La Voc, La Mala Ley, Fuego Vivo, La Perdición, los Biombos y Pascualito, entre otras. En cuanto al inventario de negocios, abastos y bodegas, para la última década del siglo XIX en El Saladillo, existían 7 almacenes, 8 bodegas, 62 pulperías, 3 tiendas, 6 boticas, 4 panaderías, alfarería, aserraderos, 16 carpinterías, 5 zapaterías, 4 sastrerías, 10 Herrerías, fábricas de fideos y dejemos de contar, en conclusión toda una mini urbe de la época.

 

Remodelación = destrucción

Tristemente el 20 de marzo de 1970 comienza la historia negra de este florido barrio, ya que el entonces presidente de la República Rafael Caldera, dio inicio a la demolición de El Saladillo, para una supuesta intervención urbana de 3.500 viviendas (nunca se construyeron), esto solo sirvió para destruir el corazón de los zulianos, el querido barrio El Saladillo.

La demolición comienza, según los cronistas, tumbando desde la calle Urdaneta, frente a la bella plaza Bolívar, derribando una a una todas las manzanas o cuadras hasta la llamada calle Padre Añez, frente a la Basílica de Chiquinquirá.

Los saladilleros lloraban aquello como si se tratase del peor de los desastres naturales, algo similar a un terremoto de más de 7 grados Richter que les quitaba sus casas, sus historias y sus vivencias para luego levantar allí un “mamotreto” de concreto decorado con obras inertes que jamás devolvería la dinámica humanística y social del Saladillo.

Ya las prometidas casas, que tal parece fue una suerte de engaño con el que se quiso acallar las voces protestantes de los saladilleros, nunca se levantaron, pues el proyecto era otro, La Remodelación requeriría de un paseo moderno con una infraestructura científica de gran tamaño que tampoco fue ni será.

Entonces, para maquillar la momificación del Saladillo con aquella especie de memorial que más tarde y hasta hoy llegó a servir de pernocta de huelepegas y delincuentes, dispusieron obras de arte de Jesús Soto, Víctor Valera, Lía Bermúdez y Pedro Vargas, mal distribuidas a decir de los arquitectos siempre críticos de tal aberración y que para desgracia de los saladilleros, más adelante ya en nuestros tiempos, gran parte de esas obras se perderían en medio de la vorágine y la desidia.

Rescate a medias

Durante los años 70, 80 y 90, el Paseo de las Ciencias, como era su nombre real, se convirtió en el tenebroso paseo de la indolencia arquitectónica, ornamental y humana, como una especie de selva en el olvido, fue refugio de indigentes, atracadores, borrachitos y drogadictos, sirviendo de espacio para la degeneración social, hasta que llegó el proyecto que impulsó el gobernador Manuel Rosales, de hacer un monumento a la Patrona, llamado Paseo de La Chinita, criticado por muchos, principalmente por quienes cultivan el oficio de criticar sin hacer ni aportar.

Lo que sí es cierto, es que el Paseo de La Chinita vino a devolver la belleza, el verdor y el espacio que con tanto orgullo muestra ahora el zuliano en honor a su advocación. Si bien faltaron unas cuadras, pues el Paseo ocupa desde la Basílica hasta la iglesia Santa Bárbara, al menos todo ese sector se ha transformado para beneplácito de los nostálgicos saladilleros.

La deuda sigue estando en el espacio entre la iglesia Santa Bárbara y la Plaza Bolívar, el espacio estuvo cerrado con latas por años hasta que el gobernador Francisco Arias Cárdenas lo transformó en “Paseo”, sin gracia, inerte, como tratando de conjugar el cemento con jardines, pero sin gracia, una especie de evocación del detestable Paseo Ciencias.

El Saladillo quedó reducido a tres lugares emblemáticos: Las Torres del Saladillo, una infraestructura originalmente construida como villa deportiva, con muy poco que aportarle a la gente en términos de lo que se conoció como la vida saladillera, la Calle Carabobo, único vestigio, maquillado, pero que muestra lo más parecido al Saladillo original y El Pozón, esquina que hoy convoca al Zulia entero como el corazón de la auténtica zulianidad por tradición y que hoy es el consentido de jóvenes y adultos, pues conserva el bullicio, la arquitectura y al adentrarse el visitante se transporta como en una cápsula del tiempo en la época gloriosa del anhelado Saladillo.

Eterna inspiración

Rafael Caldera destruyó las casas, volvió añicos el tráfago, la agitada y aún anhelada dinámica que rodeaba al Saladillo, pero no destruyó a su gente ni el amor, el anhelo y la añoranza de un Saladillo que vive enclavado en el alma del zuliano. Es El Saladillo fuente de inspiración de gaiteros, decimistas, poetas, compositores, pintores y cultores, cuenta cuentos, titiriteros, marioneteros y teatreros.

Gaitas que hablan del Saladillo, por montón, pero tal vez estas dos reflejen con mayor precisión la vida de aquella barriada palpitante y la añoranza posterior al desastre.

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