Entre 1960 y 1972, Felipe Pirela grabó un total de 286 canciones, repartidas en 41 discos de 33 y 45 r.p.m.
Su calidad interpretativa y profesionalismo en los estudios de grabación eran excepcional, y para muestra una cifra: el 98 por ciento de dichas grabaciones fueron realizadas en una sola toma, valga decir, sin repetir -o como se dice en el argot de los músicos, de arriba abajo-.
Para el “Bolerista de América”, cada tema era especial por sencilla que fuera su letra. Tenía la capacidad de involucrarse con sus contenidos. En cada surco dejó plasmadas sus propias vivencias y emociones, por ello, el publico convirtió en éxitos más de la mitad de sus melodías, lo cual es sin duda alguna un logro encomiable.
Vida insuficiente
Dos semanas antes de morir -incluso a la misma hora-, el 15 de junio de 1972, Felipe Pirela se encontraba en el “Good Vibration Studio” de Nueva York grabando su producción número 22 para el sello Velvet.
Eran las 10:00 de la mañana y lo acompañaban en la cabina el ingeniero de grabación y mezcla Johnn Fausti, Roberto Pagé, gerente de la disquera en Puerto Rico y el pianista Javier Vásquez, quien junto a Ray Santos y Jorge Millet se encargó de los arreglos musicales que lo harían lucir totalmente renovado.
En lugar del tradicional “big band” que lo respaldaba desde la época de Los Peniques, ahora, un combo de dos trompetas e igual número de trombones, ritmo completo y la guitarra eléctrica de Vincent Bell daban marco a su voz y lo acercaban al nuevo concepto sonoro de la música latina, que había encontrado en la palabra “salsa” un exitoso ardid comercial.
“Es una de las mejores orquestas de Nueva York. La Velvet se botó”, dijo Pirela horas más tarde al volver a Puerto Rico, donde estaba residenciado desde 1971.
La mayoría de los músicos que integraba esta banda pertenecía a “Los Cachimbos” de Ismael Rivera. Pirela tenía arraigo entre los salseros; de no haber ocurrido la tragedia es probable que pasara a formar parte de la corporación Fania Record, pues no contaban en su catálogo con un cantante netamente romántico (con los méritos de Felipe) capaz de vender miles de discos.
Un detalle curioso de este larga duración es la insistencia de Pirela en incluir el bolero “Mi complejo” de Juanito Arteta, con el cual ganó el concurso “La puerta de la fama” en Ondas del Lago TV canal 13, en 1958.
La sección de grabación concluyó al caer la tarde. Felipe, al escuchar el play back, quedó satisfecho y convencido de haber logrado el mejor de sus discos. Su voz reflejaba la calma y la serenidad que no tenía en su vida privada.
Rumbo al aeropuerto vio por última vez a Felipe Jr., su hijo de cinco años que vivía en Nueva York. Por la noche cantó en San Juan en el club “Los Violines” y cenó con su representante, Paquita Berio, una mujer alta de cabello de amarillo con la cual además mantenía una relación afectiva.
Según Paquita, tenían planes de casarse, pero para muchos era un matrimonio a conveniencia, pues Pirela quería obtener la residencia en Estados Unidos, donde lo esperaba una apretada agenda de actuaciones.
Los días por venir fueron erráticos; el “Bolerista de América” nunca vería su álbum en las tiendas ni cantaría otro set después de la madrugada del 2 de julio de ese mismo año. Sólo quedaría el registro histórico de su voz en esas últimas 10 canciones, que todavía guardan el secreto de una época de su vida que pocos conocen.
Redactor: Luis Armando Ugueto



