El VAR salva a España de una derrota dolorosa ante Marruecos

Sobre el final del partido, la revisión de un gol anulado a España revirtió la decisión y así los ibéricos consiguieron el sudoroso empate que los salvó de la derrota ante Marruecos

Hay que hacerse cruces. Faltaba el milagro, el gol de Maceda en París, el penalti parado de Casillas a Paraguay y apareció con el taconazo de Aspas, salvado por el VAR. Un últiimo minuto de alta tecnología dio a España un liderato inesperado.

Esa genialidad de Aspas y un penalti de Irán abrieron un tiovivo. Hasta ese momento, Marruecos destapó el saco de dudas de la selección, intranquila desde el terremoto de la primera semana. El único motivo para la alegría es Isco, que está en otra fase de inspiración.

Lo que pasa por sus botas sale con confeti. Espera Rusia, un anfitrión que exigirá una selección diferente. El domingo espera otro Mundial, el de verdad.

La última genialidad de Aspas no debe tapar un partido de España con un tono triste e inseguro. A un jugador con ese cuajo no le importa hacer un taconazo con una aceituna. Le da igual un Mundial o una pachanga.

Está claro que no hay un día normal para España en el Mundial. El partido de Marruecos puede inscribirse en el registro como 'El día que Iniesta falló un control'. Después, Sergio Ramos quedó hipnotizado por lo que había visto y la indecisión acabó con Boutaib haciendo el galgo en solitario hasta De Gea.

Esa fatalidad resumió el primer ciclo del partido. El protocolo quedó claro que el partido no iba a ser el Ciudad de Casablanca.

Marruecos se lo tomó como su final del Mundial, con un punto de ira y agresividad excesiva. Cada acción era un thriller. Los marroquíes tocaban balón y de paso astrágalo, maleolo, tibia, peroné y cualquier pieza suelta. En un suceso Belhanda pisoteó la musculatura de Iniesta. Fue lógico que no entrara el VAR, esa jugada es de Tribunal de la Haya. Eso es pintar un graffiti en la Capilla sixtina. Quedó feo.

Se puso el patio revuelto. Había dos opciones: perder los papeles o empezar a jugar. España eligió la segunda, con su mejor sastre en Rusia, Isco, que desempolvó otra vez la máquina de coser. En una de tantas, se asoció con Diego Costa e Iniesta para empatar el partido bajo el lomo de la portería de Munir. A Iniesta le duró la crisis cuarenta segundos.

Se vio una vez más que España juega un partido por la banda izquierda, con Alba, Iniesta e Isco, y otro por la derecha, donde todavía no se ve la versión más inspirada de Silva y Carvajal.

El empate calmó las aguas hasta que otro agujero en un descuido de infantiles dejó de nuevo solo a Boutaib delante de De Gea, que despejó en una parada que supo a redención.

Parece que a Hierro no le gusta demasiado agitar el frasco. Tiene diez fijos y una pieza que no le cuadra, un párrafo suelto que no sabe dónde incluir. Un día fue Koke, otro Lucas y ayer le dio pizarra a Thiago, una pieza más en la cuadrilla del rondo.

El centrocampista, de toque brasileño y espíritu de La Masía, se gusta en cada pase. A Marruecos la dirige Hervé Renard, que coincidió con Zidane en el Cannes, una ciudad de botella de agua cara, de festival de cine con burbujas y donde por lo visto también se juega al fútbol. Renard ha instruido un bloque compacto.

El Mundial terminará y nadie se acordará de Marruecos. Perdió sin merecerlo contra Portugal e Irán. Le ha sobrado toque y le ha faltado gol. Fue normal que se tomara el gol de Aspas como una tragedia. Tenía una victoria histórica en el currículum.

En el lenguaje callejero se conoce como polvorilla al tipo inquieto, que nunca está en reposo, que aparece lo mismo en una tienda que en el bar, que va de mano en mano de un familiar.

Amrabat es un polvorilla en el Leganés y lo sigue siendo en la selección de Marruecos. Su oficio es futbolista incómodo. Su perfil no da para ganar premios, pero los entrenadores adoran estos jugadores que se agarran a la camiseta en la primera jornada y no la sueltan. El interior derribaba jugadores españoles como si fueran bolos. Había un aire de sospecha a cita aplazada desde los campos de la Liga.

Si el primer tiempo se hizo bola, la segunda parte no fue para el optimismo. Isco no bastaba para darle aire a España. Marruecos ya era un grupo sin miramientos. Fernando Hierro buscó algo diferente con Asensio y Aspas. La respuesta marroquí no se retrasó.

Amrabat astilló la escuadra y En Nesyri cabeceó a la red en otra negligencia. Las malas noticias se agolpaban. España maldecía a Uruguay, el supuesto rival. Ahí se echó en brazos de un futbolista diferente, Iago Aspas, un motivo para la esperanza en una selección que no está para fiestas. Hay que hacerse cruces. Empieza el Mundial.

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