Madre de Jhoana Carolina: “No la maté ni la mordí”

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Yoliber Montiel se levanta de su silla con lágrimas e intenta agredir a Gustavo Ferrer, que está arrodillado, con las manos y pies esposado frente a ella. “Mard… decí la verdad”, suelta entre gritos. La madre y el padrastro de Jhoana Carolina Montiel, la niña que falleció violada y golpeada, a 19 días de su muerte, solo reparten culpas para tratar de salvar su pellejo de la cárcel. El duelo por la partida de la menor es nulo.

“Lo juro, yo no la maté, tampoco la mordí. Yo mentí porque mi suegra y cuñada me tenían amenazada”. De esta manera, en conversación con Versión Final, “La Caníbal”, como la conocen en los pasillos del Cicpc, intenta lavarse las manos en su complicidad con el crimen. “Fue él, no soportaba sus quejas y llantos por la comida o la necesidad de ir al baño”, justifica.

Gustavo levanta su rostro, que apuntaba hacia el piso, y suelta: “Eso no es verdad. Fue ella, yo nunca la toqué. Ella no la soportaba porque estaba embarazada”. El hombre asegura que tiene una enfermedad venérea. Algunos creen que lo dice de manera reiterada para evitar que lo violen. “Tengo sangre y pus aquí”, se señala.

Ferrer desestima a la que fue su concubina por tres años, quien lleva en su vientre a su segunda hija. No se atreve a reconocerla. Yoliber no presenta síntomas de contagio, parece sana. En algún momento ella se fue con su familia y volvió embarazada, en mayo de este año. Entre preguntas, las versiones se entrecruzan. Ella asevera que la tarde del 5 de octubre despertó con un fuerte dolor de cabeza y lo vio salir del baño con la niña envuelta en sangre y desmayada. Él asegura que volvió de su jornada laboral y la encontró con la menor en sus brazos, cubierta con una sábana.

Yoliber y Gustavo vivían en un ring. Ella dice que era una prisionera, que más de una vez cruzó puños para proteger a su hija. Pero era inútil. Su cuñada y suegra, además sus vecinas, son cómplices, a juicio de la detenida.

La casa de la calle 26, en el barrio La Arreaga, en Haticos 2, solo tiene cuatro paredes y algunos electrodomésticos. Pero Yoliber, en su “celda”, nunca escuchó los maltratos ni los gritos de dolor de la menor cuando la ultrajaron.

Ambos no desempeñan oficio conocido. Gustavo, presuntamente, es adicto a los psicotrópicos. Apenas comían porque la madre del hombre les pasaba alimentos.

En su primera versión, Yoliber declaró a los peritos del Cicpc que mató a su primogénita porque no tenía para su manutención. Sin embargo, la pareja buscó a Jhoana en casa de su abuela materna, en la vía a El Moján, tres semanas antes de su muerte, con la excusa de que le comprarían ropa. El cuerpecito de la niña ingresó al servicio forense con el cabello rapado. Su madre se lo cortó, según, porque tenía algunas heridas en el cráneo. En la autopsia no se aprecian dichas lesiones. Pero sí se reflejan cinco quemaduras de cigarro, múltiples arañazos, tres golpes en la cabeza y 11 mordeduras; algunas coinciden con la mandíbula de la mujer.